La traición del dúo familiar que lleva 27 años en el poder, se ha saltado todas las vallas de la ética y de la moral, y su conducta es completamente injustificable e imperdonable.
Oscar Battaglini
Aunque la doblez amoral del traidor es invariablemente así y uno lo sabe, no deja de producirnos una cierta confusión el haber oído y visto a la nomenklatura chavista – madurista (civil – militar) permanentemente proferir amenazas y juramentos contra el imperio (como aquella proferida por el ministro de la Defensa de entonces … «Leales siempre traidores nunca», o la repetida por el actual ministro de Relaciones Interiores, en la que afirmaba que «los gringos podían venir y entrar en el país pero no podían salir», etc.), y ahora verlos como mansas palomas dándole cumplimiento sin reparo alguno a todos los mandatos que llegan de la Casa Blanca, del Comando Sur y de la Embajada Norteamericana de Caracas, lo menos que provoca es pena ajena y/o compasión, pero no sólo por ellos sino también por el país y el grueso de los venezolanos que nos vemos forzados a continuar presenciando y soportando semejante calamidad.
Esa situación – que tiene entre sus efectos más nocivos la pérdida de nuestra independencia y de nuestra soberanía política -, ha venido cobrando cuerpo y haciéndose cada vez más penosa y descarada como consecuencia de la doblez (hipocresía, malicia, fingimiento) y de la traición, pura y simple, practicada por el dúo familiar que ha sido mantenido en la usurpación del poder por la mano del mandón imperial del norte.
Por la forma como este dúo viene desempeñando su papel en el tinglado político montado internamente en nuestro país por Trump y por Marco Rubio para crear la apariencia de que aquí ha tenido continuidad la existencia de un gobierno propio, nacional, lleva a concluir que el imperio ha resuelto mantenerlos en el poder hasta que considere consumado su plan de las «tres fases». Conclusión que cobra una mayor pertinencia si se tiene en cuenta, por un lado, lo que se está discutiendo y resolviendo en la «Mesa de diálogo» y, por otro, lo expresado por Marco Rubio, quien llamó a la calma y a tener paciencia en todo lo relacionado con la resolución de los problemas políticos del país (léase, realización completa del «plan de las tres fases»).
Lo evidente en todo eso, es la connivencia que se percibe entre lo expresado por Marco Rubio, «la mesa de diálogo» y el despliegue de actividades y promesas demagógicas puestas a rodar por el dúo Rodríguez a través de la intensa campaña de publicidad actualmente en desarrollo, en la que se promete … «Una nueva Venezuela en paz», un supuesto … «nuevo desarrollo», la «convivencia entre los venezolanos», «no descansar para brindar soluciones a nuestro pueblo», etc, etc.
Oír esas cosas de dos individuos que tienen 27 años en el poder, que han ocupado cargos elevados en su estructura burocrática, que son corresponsables de la política extremadamente opresiva puesta en práctica por un régimen que por razones políticas encarceló a miles de venezolanos, expulsó del país a numerosos dirigentes políticos de oposición, que judicializó partidos políticos de este carácter, que hizo aprobar en la Asamblea Nacional leyes punitivas para castigar a la disidencia política, que igualmente, es corresponsable de la catástrofe económica y social provocada por el chavismo a su paso por el poder, y que ahora se ha confabulado con el imperio para arrebatarnos la Independencia y la Soberanía, hecho que nos convierte en una Colonia de explotación, constituye una actitud personal y una conducta política que al saltarse todas las vallas de la ética y de la moral, no sólo resultan políticamente inaceptables, sino completamente injustificables e imperdonables.
Pero todavía hay más. Se trata, en definitiva, de una prédica y de unos ofrecimientos farsescos dirigidos a engañar a incautos y, fundamentalmente, a poner obstáculos procedimentales y temporales para impedir, como manda la Constitución vigente y exige la inmensa mayoría de los venezolanos, la realización de elecciones libres (particularmente presidenciales) que cubran la vacante dejada por la falta absoluta de Maduro y abran los canales político-institucionales que conduzcan tanto a la superación de la crisis de legitimidad política existente en el país, como de la pavorosa crisis económica y social que afecta gravemente la vida de todos los venezolanos.
Frente a la opinión de los voceros del imperio (el propio Trump, Marco Rubio y las partes representadas en la «Mesa de diálogo»), que piden tiempo para la realización del «Plan de las tres fases», los sectores democráticos del país, debemos mantener en alto y de la manera más firme la demanda de elecciones presidenciales en un plazo perentorio, no sólo porque así lo exige la necesidad y la urgencia de comenzar no sólo a superar la crisis política, económica y social en desarrollo, sino también, porque esa sería la forma de contrarrestar e impedir la consumación de los planes imperiales de los Estados Unidos con respecto a nuestro país. De ahí que la realización de unas elecciones presidenciales que den pie a la Constitución de un gobierno de integración nacional compuesto por venezolanos (hombres y mujeres) capaces, de mentalidad patriótica y con concepto de nacionalidad como le gustaba decir al doctor Arturo Uslar Pietri, asume para nosotros, en este momento, el carácter de un imperativo categórico; es decir, de un compromiso (de una obligación ineludible), que hay que lograr sin falta, si se tiene en cuenta que lo que está en juego, en estos momentos, es la propia existencia de Venezuela como nación libre y soberana.

- EL AUTOR es historiador, escritor y profesor de la Universidad Central de Venezuela, exdirigente del MIR, co-fundador de la Liga Socialista y exrector del Consejo Nacional Electoral.
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